
Se subió en la estación de tren del
Carmen, de
Murcia. Lucía un pelo rojo, producto de la sesión de peluquería que se dio el sábado por la tarde, buscando un aire más juvenil y desenfadado. Aquel nuevo aspecto le había costado unos 30 euros, en la peluquería clandestina de
Consuelo. Allí comentó que el domingo por la mañana se iba en tren a
Madrid.
Lo que no contó es que fue en el
Curso de Iniciación a la Informática para Mujeres donde conoció a
Baldo a través de un chat. La verdad es que le costó un poco habituarse a trastear con el teclado, pero como ya dio clases el curso pasado y en este no se apuntó nadie nuevo de la
Asociación de Vecinos, los responsables del curso permitieron que repitiesen las mismas alumnas (menos la
Paula, pues han destinado al marido fuera y ya no vive en la ciudad), alcanzando así un nivel de pulsaciones bastante aceptable.
El caso es que
Maria Luisa y
Gertru fueron las que empezaron a invitarla a que entrase en los chats, y poco a poco fue cogiéndole el gustillo. Hasta llegar al momento actual, han pasado cinco meses de charlas a través del monitor con
Baldo y de enviarse fotos y coger una amistad que ella considera especial.
Lleva 10 años de viudedad y hoy, a sus 63, va a coger su primer tren en muchísimo tiempo. Ha releído el billete de tren varias veces, pero cuando llega a su asiento observa algo intranquila que una muchacha ocupa su localidad. Al lado tiene a una amiga con la que charla en voz muy alta.
.- "Perdonar, bonitas, pero creo que ese es mi asiento. El 4-A, el de la ventana."
.- "No, señora. Mire bien su billete, que este es el nuestro."
.- "Lo he leído varias veces, pero a ver…aquí dice 4-A"
.- "Señora, asegúrese de que es el coche 6."
.- "El coche 6…si antes lo he mirado…sí, aquí dice coche 6."
.- "A ver…"
Una de las chicas coge el billete de la señora, y tras comprobar que los datos están bien, decide revisar su propio billete.
.- "Coño! Pues es verdad", le dice a su amiga. "Nuestro coche es el 8, nena, no éste."
.- "Claro, si ya lo decía yo. Es que lo he mirado antes varias veces", espeta ella.
.- "Vámonos a nuestro coche, nena."
.- "Si es que lo he mirado yo y me ha extrañado." Vuelve a repetir ella.
Hasta tres veces comentará nuestra protagonista que ella revisó el billete. Como si esperase un reconocimiento por llevar la razón, que no le llegará ni por parte de las muchachas equivocadas, ni por parte del resto del pasaje.
Un tipo de unos treinta y tantos observa la escena y se alegra de que la mujer tenga la razón.
Una vez que las muchachas se han marchado a su respectivo vagón, ella se acomoda en su asiento y deja su maleta a su lado, temerosa de que alguien pueda quitársela. A los pocos minutos, pasa el revisor y le invita a que la deje en el lugar que corresponde a los equipajes, convenciéndola de que no va a ocurrir nada y prometiéndole una mayor comodidad. Nuestra señora se dejará convencer, y gozará de mucho más espacio el resto del viaje.
Pese a que anoche no durmió demasiado debido al estado de nervios, no consigue tampoco pegar ojo durante el trayecto. Hoy es el día en que conocerá a
Baldomero,
Baldo es como se hace llamar en el chat, y está realmente excitada y nerviosa.
El tren llega a la estación de
Chamartí, y no encuentra a nadie en el andén. Bien es cierto que, paradójicamente, el tren ha llegado con unos minutos de adelanto, pero ella esperaba ver allí a
Baldo. Le reconocería por las diferentes fotos que éste le ha ido enviando a lo largo de este tiempo. A ella no le ha quedado una gran paga, pero sabe administrarse bien los 570 euros mensuales, y ha tirado de los ahorrillos para pagarse el billete.
Ha preferido no contar nada a sus hijos porque su mayor no aceptaría nunca que ella rehiciese su vida con otro hombre que no sea su padre, que en paz descanse. El pequeño,
Alberto, se casó hace cinco años, y éste seguramente sí que lo entendería, pero no quería precipitarse y tampoco le ha dicho nada.
Como no suelen llamarla muy a menudo, nadie notará que se queda tres días en
Madrid, fuera de su ciudad.
Y allí está ella.
Un manojo de nervios intentando localizar a su nuevo amor. Viendo el despiste del que hace gala, el tipo de unos treinta y tantos años que compartía vagón con ella pasa a su lado, esperando que la mujer le pregunte por algún lugar de la estación, pero es obvio que la señora prefiere la indicación de un vigilante que se cruza en ese instante en sentido contrario. Tras recibir alguna información por parte del vigilante jurado, ella se apresura y sube por la escalera mecánica. Una vez que ya ha subido al vestíbulo, decide acercarse a la cafetería.
Allí está
Baldo.
No está solo.
Cuando ella se acerca con la maleta, él la reconoce enseguida.
Baldo le da un beso en la mejilla.
Ella sigue algo confusa.
.-"Éste es mi compadre
Juan. Es tan guapa como te dije eh,
Juan?"
.- "Sí! Jajjaja!"
Juan enseña su mella al estallar en carcajadas.
Baldo es tal y como imaginaba ella. Excepto por el color rojizo de sus ojos y por su aliento, pero está claro que cinco martinis, tres cervezas y las dos copas de coñac más el carajillo, hace que tu aliento no tenga precisamente un aroma de rosas.
Ella se inquieta un poco, y la desilusión empieza a verse en su cara.
Pasará toda la comida observando cómo
Baldo y
Juan repasan la jornada futbolística. De vez en cuando
Baldo le hará alguna pregunta referente a sus hijos, y cuando ella empiece a coger cierta soltura explicando algún detalle de ellos, será interrumpida con alguna gloriosa anécdota de bar protagonizada por
Juan o por el mismo
Baldo.
Llega la tarde.
La cantidad de vino ingerida en la comida ha sido bárbara. Ella no ha probado casi bocado y ha bebido medio botellín de agua. Finalmente se van a una pensión, pero cuando ella sale del aseo después de lavarse un poco antes de que pueda ocurrir lo que posiblemente él está esperando, y no sin gran cantidad de temores y remordimientos por algo que aún no ha hecho, descubre para su asombro que él está dormido.
Se queda parada en medio de la habitación.
Pensando.
No sabe si llorar o salir de allí inmediatamente.
Así que volverá esta tarde a
Chamartí, en un taxi que le dará y cobrará un formidable e innecesario rodeo por la ciudad, para ver a qué hora sale el próximo tren de regreso, y esperará un montón de horas sentada en una incómoda silla de metal mientras se siente algo abrumada por el ir y venir de cientos de pasajeros, y su pensamiento estará recreándose en las figuras de su difunto esposo y de sus hijos, sobretodo del mayor.
Mañana en el
Curso de Iniciación a la Informática para Mujeres, la
Maria Luisa y la
Gertru le preguntarán que cómo ha ido el encuentro.
Ella dirá que al final prefirió quedarse en casa viendo un programa de famosos, y que se durmió en el sofá con la televisión encendida.
O tal vez les dirá que la llamaron sus hijos porque la querían invitar a cenar por ahí fuera.
Pero de lo que estoy seguro es de que nunca volverá a coger un tren de largo recorrido.