Spider Jerusalem

“Antes me encantaban los disturbios. Llevar ropa vieja de calle que pudiera resistir que te arrastraran por la acera, infectarme de algo bueno y contagioso, y salir a machacar polis. Era genial tener nueve años”.
Así de feroz empieza el número dos de Transmetropolian, la serie de cómics favorita del que suscribe. Spider Jerusalem es su protagonista. Se trata de un periodista que baja de la montaña por la llamada de su antiguo editor, para que termine de cumplir el contrato que tenían firmado hace años. Jerusalem le debe dos libros. Uno de temática política y el otro libre. Para ello tiene que volver a retomar su trabajo de columnista. Jerusalem había huido a la montaña harto de la fama que como periodista había conquistado, ya que un fan intenta arrancarle un brazo. Harto también de meterse en la más oscura de las profundidades del mundo que le toca vivir. Un mundo futurista dominado por la codicia, la corrupción, los avances tecnológicos y el caos y la más absoluta de las pobrezas.
En el mundo de Spider Jerusalem, existe los simuladores alucinógenos para maquinaria viva (las máquinas también se drogan), cada seis horas se funda una iglesia, existen los revivos, que son viajeros temporales lentos llegados a un futuro que no entienden y que les vuelve locos nada más asomarse a la calle (fueron congelados hace mucho años), existen también los transientes, que defienden el derecho a cambiar de especie (Fred Cristo es su profeta), estimuladores de inteligencia, píldoras de chispazo, implantes morfogenéticos temporales, las empresas meten publicidad en los sueños de la gente, su gato tiene dos cabezas y fuma tabaco negro ruso, y su arma favorita es el disruptor digestivo (te dan ganas brutales de cagar).
¿Puede un cómic cuyo hilo argumental principal es cubrir una campaña política por parte de un periodista ser tan sumamente adictivo? La respuesta es sencilla; desde luego. El dibujo de Darick Robertson y (sobretodo) el guión de Warren Ellis son sencillamente maravillosos.
Recuerdo perfectamente dejarle la colección al Quiñonero, y éste leérsela un montón de veces...para terminar comprándola y volver a leerla mil veces más. Pura droga!
Desde este blog, solamente puedo animarles a que lo ojeen si tienen ocasión.
Gracias!




